Metamorfosis del duelo
El duelo es un caminar inestable, donde los días grises a veces tienen rayos de sol y otros días tormentas. Días donde el cielo está despejado y días donde no hay luz, pero lo importante es fluir en medio de ellos.
El duelo de perder a un hijo, para mí, ha sido el dolor más grande que he experimentado. No hay una palabra para describirlo ni para etiquetarme más que “mamá sin uno de sus hijos”, y es el rol más difícil que he tenido que atravesar porque no puedo cambiarlo.
Cuando perdí a Luca sentí mucha vergüenza; me sentía culpable y sin fuerzas. Pasé meses llorando a diario, culpándome, y al día de hoy mi mente sigue buscando una razón del por qué pasó. Si intento poner en palabras cómo me sentí y cómo me siento, sería esto: rota hasta la médula.
Mis papás, mi hermano y pastores queridos vinieron a casa una noche, semanas después de perder a Luca, para poder ungir a Noah (el gemelo sobreviviente). Me preguntaron cómo me sentía. En ese momento me quebré, porque solo estaba sobreviviendo; el dolor lo sentía en cada partícula de mi ser. Sentí que me habían destruido. Cada parte de mí había sido destrozada. La Melanie que conocía, y que yo misma había “creado”, se desplomó ese 14 de febrero de 2025. La Melanie que estaba allí era un fantasma. No la reconocía ni intentaba reconstruirla.
Me encanta usar esta frase en toda nuestra historia como familia: “Pero Dios”. Y así ha sido. La muerte de Luca me destruyó, pero Dios no se olvidó de mí.
He atravesado un desierto, en todo el sentido de la palabra. Meses de aislamiento, soledad, silencio, agotamiento, deshidratación emocional. Pero como diría mi hermano, el desierto también es cercanía e intimidad, porque es donde he logrado estar uno a uno con Dios. Ya no tengo los roles que construí, ya no tengo mis fortalezas, ya no tengo nada. Es allí donde estoy ahora: donde me he encontrado con Dios en intimidad, sin nada que esconder.
Este es un pensamiento personal, cero teológico, pero creo que muchas veces Dios nos lleva al desierto para silenciar el mundo, silenciar nuestras mentes, bajar la velocidad de las tareas y pausar para reconectarnos con Él. Solo puedo pensar en el pueblo de Israel en el desierto durante 40 años, y cómo a pesar de todo fue allí donde vieron una cantidad tremenda de milagros. Se abrió el mar, de una roca salió agua, del cielo cayó maná, una columna de fuego los guiaba y mucho más.
Así que mientras estoy en el desierto, estoy expectante de ver los milagros de Dios en mi vida y en la de mi familia, mientras en la intimidad le adoro y me rindo a Él.
La metamorfosis del duelo ha sido esta: juntamente con Luca, morir a mí misma para dejar que Dios se glorifique y, como un alfarero, me vuelva a construir. Criar a Noah ha sido rendirme cada día a Dios para que sea Él quien me enseñe cómo criar con amor, así como Él me ha tomado en sus brazos de amor.
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