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Pensé que convertirme en mamá sería más fácil

Actualizado: 15 jul

El rol que reta cada fibra del ser


Hola, mi nombre es Melanie. Con mi esposo tuvimos retos para lograr el embarazo, y luego viví una gestación que, en todo sentido, fue complicada. Pero uno de los mayores desafíos fue que mi bebé naciera prematuro.


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Nuestro embarazo alto riesgo


Desde la semana 6, en nuestro primer ultrasonido, supimos que era un embarazo de alto riesgo: era un embarazo gemelar monocorial biamniótico (comparten placenta, pero tienen bolsas amnióticas separadas). El primer trimestre fue como la mayoría, tormentoso: vomité 2 o 3 veces diarias y toda la comida me parecía desagradable. Poco a poco descubrí que tomar atol de plátano en ayunas me ayudaba a regular mi estómago (¡un mega tip si conoces a alguien con náuseas y vómito!).

El segundo trimestre comenzó y me sentí yo de nuevo. Los olores seguían siendo sumamente desagradables (especialmente el ajo y la cebolla), pero logré retomar mi trabajo presencial, manejar y salir de casa. Sin embargo, no duró mucho. En el ultrasonido de la semana 18, nos enteramos de que los bebés tenían síndrome de transfusión feto-fetal y restricción de crecimiento. Viajamos a México para una cirugía láser placentaria donde, con todo el dolor de nuestro corazón, perdimos a Luca. (Si me atrevo, escribiré sobre cómo vimos a Dios en medio de esto).


Amenazas de parto


Regresamos de México, fuimos a Dallas para sanar un poco, y en la semana 20 de embarazo me dio una gripe fuerte que inició una caída libre de complicaciones que me llevarían a tres amenazas de parto.

La primera fue en la semana 21, cuando tuve la salida del tapón mucoso. Sentía que me hacía pipí mientras caminaba y tenía contracciones leves. Corrimos a la clínica de nuestra ginecóloga y, gracias a Dios, logramos detener las contracciones. Comencé un reposo que duró hasta que Noah nació.

En la semana 23, una noche tranquila con mi esposo, fui al baño y encontré sangre. Corrimos al hospital donde estuve solo en el área de emergencias y determinamos que tuve ruptura de membranas, además de una leve infección. Comencé antibióticos para combatirla y el reposo se volvió más estricto.

Comenzando la semana 26, empecé con contracciones fuertes y constantes. Mi corazón me decía que no era algo ligero, así que nos fuimos al hospital y estuve hospitalizada 3 días. El líquido amniótico era escaso, tenía una infección fuerte y había sangrado constante. Gracias a Dios, logramos controlarlo y nos fuimos a casa.


Día del parto


Después de salir del hospital, tuve un tratamiento de antibióticos. Al día siguiente de terminarlo, comencé con contracciones de nuevo. Me puse un par de medicamentos para intentar detenerlas, pero al terminar el tratamiento, nuevamente comenzaron las contracciones.

La infección y las amenazas de parto ya eran poco controlables, así que oramos a Dios y pedimos dos señales para saber si Noah debía nacer ese día: 1. Hacerme una hematología y tener los glóbulos blancos muy altos y 2. hacer tacto y tener 4 cm de dilatación. Esa tarde me hice la hematología y los glóbulos blancos estaban por los cielos. La primera señal confirmada, pero eso no quitó el TERROR que me dio pensar que daría a luz a un bebé de 27 semanas.

Las contracciones disminuyeron un par de horas, así que lloré, me bañé, alistamos maletas con mi esposo y tranquilos ingresamos a emergencia del hospital. Allí comenzaron los medicamentos para madurar los pulmones del bebé y la cobertura para su cerebro. Nuestra ginecóloga llegó de visita, me hizo tacto y tuve 4 cm de dilatación: la segunda señal confirmada. ¡No había vuelta atrás! Dios había escuchado nuestra oración y confirmado. La cesárea estaba programada para las 6:00 a.m. del día siguiente.

Pero DIOS nos cuidó con Noah. A las 11:00 p.m., mi ginecóloga se retiró del hospital, pero intranquila por la infección que yo tenía, le oró a Dios que, si era su voluntad que la cesárea se adelantara, mis contracciones aumentaran. No puedo explicar el dolor que comencé a sentir con esas contracciones; fue muy fuerte. Así que llamamos a la ginecóloga y, cual "Avengers", llamó a todos para reunirlos en el hospital y tener la cesárea de emergencia.

El miedo era grande, pero mi confianza en Dios aún más. Así que oré y rendí mi vida, la de Noah y el parto en las manos de Dios. No lo pedí directamente, pero mi corazón deseaba que Noah, al nacer, llorara, abriera sus ojos, dejaran que el cordón umbilical dejara de latir y poder darle un beso. Pero DIOS conoce nuestros corazones y me concedió todo. Allí reconfirmé que Dios estaba presente en cada detalle.


El camino, sin duda, no fue fácil; los retos físicos, emocionales, espirituales y familiares estuvieron presentes. Dios renovó nuestras fuerzas una y otra vez, porque solo en Él pudimos sobrevivir esta prueba. Para la gloria de Dios, Noah nació el 23 de abril de 2025 a la 1:17 a.m., pesando 2 libras 7 onzas y midiendo 35 centímetros. Pasó 45 días en el hospital, demostrando que es un guerrero en todo sentido.


Cuento nuestra historia como familia no para dar lástima, sino para que quienes también estén pasando por un embarazo de alto riesgo puedan saber que no están solos, que todo pasa y que la única manera de afrontarlo es tomados firmemente de la mano de Dios.

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